La aventura de sentarse a la mesa cuando tenemos niños pequeños

Me pasa que antes de tener hijos podía practicar lo que profeso, esto de comer en paz, viendo y sintiendo lo que como, con total conciencia de lo ingerido. Pero resulta, que ahora soy madre de niños pequeños, uno de cinco años y otro de ocho meses que interrumpen alternadamente cada bocado. A veces discutimos con mi esposo porque suena algún celular, o alguno de los dos debe responder mensajes justo cuando por fin nos podemos sentar a la mesa.
Suerte que por lo menos en casa no tenemos televisor! pero si radio, que a veces olvidamos encendida y ninguno de los dos cuenta con fuerzas como para levantarse a apagarla. Si, efectivamente, el momento de la comida es un verdadero caos, sobre todo cuando se aproxima la cena. Hay que bañar a los niños, poner pañales, regar el jardín y la huerta, encender luces, buscar leña para la estufa, preparar la cena, y un sinfín de cosas más. No alcanzan piernas, brazos, manos ni codos. Cuando al fin terminamos de cenar y los niños se duermen queda todavía bañarnos, revisar mails y teléfono, lavar los platos, cerrar las puertas y ventanas, y darle de comer a la gata que bastante olvidada está pobrecita. Al fin llega el momento de leer un buen libro y relajarnos unos minutos juntos, abrazarnos un ratito y mimarnos. Repasamos el día, la vorágine de actividades realizadas y decisiones tomadas nos inunda la cabeza. Pero nos miramos a los ojos con esas miradas largas y profundas y nos seguimos eligiendo y amando esta vida caótica, entre pañales y provechito.