Recuperando roles desde la cocina

Los cambios en los hábitos alimenticios surgen por los más variados motivos, casi tan variados como las personas que los inician. Estética, conciencia, salud y enfermedad, adaptación al medio, moda, por nombrar algunos de ellos. Nosotras creemos que más allá de los motivos personales para llevar tal o cual dieta, es necesario que nos informemos acerca de la composición, efectos, beneficios, riesgos, formas de producción, etc. etc. etc., de lo que comemos y también de lo que elegimos no comer.

Con la era industrial y de las telecomunicaciones, seguido al auge del (hiper)consumismo, los eslabones de la cadena productiva se dispersaron y especializaron manteniendo al mínimo necesario las interacciones entre ellos. Cada parte del proceso de producción y elaboración de alimentos pasó a constituir una empresa en sí misma, o un área dentro de grandes fábricas productivas, dejando al consumidor a una considerable distancia de saber cómo se hace la comida que cada día lleva a su mesa (comenzando con la terminología de las etiquetas que se encuentran en los envases que los contienen). Y así el control de lo que llega a las góndolas de los almacenes y supermercados, se depositó en una serie de organismos intermedios que determinan las reglas sobre lo que constituye o no un producto alimenticio.

En conclusión, la figura de la madre cocinera (o cocinero) se desvinculó por completo de la cadena productiva, limitando su participación a la compra y/o elaboración de la comida de cada día y a su ingesta. A tal punto quedó acotado este rol que no tendemos a cuestionarnos acerca de la bondad de lo que ingerimos, sino que asumimos a priori la inocuidad de los usos y costumbres de la sociedad a la que pertenecemos, juzgando desde allí todo aquello que no constituye una norma general. A la hora de cambiar, los cuestionamientos a las nuevas propuestas suelen ser proporcionales a la falta de
información sobre la dieta que se considera buena de por sí.

Y es que la alimentación no es sólo una forma de supervivencia, es un sistema de balance sobre el que se desenvuelven nuestro organismo, nuestro humor, nuestras relaciones, nuestras actividades, nuestra vida. Entender dónde estamos parados es necesario no sólo para definir un camino, sino para comprender el por qué estamos en él. La elección, como dijimos, puede estar basada en los más variados motivos y hasta puede ser inconsciente. Las dietas comportan un tipo de manejo del tiempo, del dinero, del cuerpo, del humor, entre otros, por lo que necesitamos saber con qué contamos a la hora de decidir permanecer, cambiar y/o llevar adelante un determinado estilo de vida. Necesitamos volvernos conscientes del poder que tenemos comoindividuos para tomar y ejecutar este tipo de decisiones, haciéndolas asequibles para cada uno de nosotros.

El conocer sobre el qué nos lleva a llamar “comida” a ciertos alimentos, así como la relación que su ingesta guarda con la preservación o no de la salud, son medios de suma utilidad para entender el rol activo que todos tenemos en la configuración del “bien-estar” de nuestro organismo. Nuestro organismo: cuerpo, sociedad y planeta Tierra. La invitación es entonces, no sólo a explorar nuestros hábitos actuales, sino también a informarnos y conocer sobre otra forma de vivir y comer, con la curiosidad de un niño, la rigurosidad de la ciencia, la humildad de sabernos seres humanos, y la serenidad de entender que el camino es la vida misma y se marcha al ritmo que pulsa el corazón de cada uno.